
"Cada uno de nosotros es lo que es porque tiene sus memorias propias".
Iván Izquierdo, El arte de olvidar.
09:47
Me resigné a mirar el reloj incluso sabiendo que me demoraba demasiado. Con la impotencia de no poder acelerar el ómnibus o, al menos, lograr que el trafico se alivianase me limité a observar el panorama que, desde la ventana de mi asiento, me ofrecía la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El colectivo de la línea 22 doblaba por Belgrano cuando finalizaba su lento recorrido por la calle Defensa. En mis oídos resonaba la armoniosa melodía de Claude Debussy cuando el coche se acercaba a la calle Balcarce y la somnolencia que me producía el largo viaje desde provincia me obligó a dejar de lado (al menos momentaneamente) el texto de El Hombre Duplicado, de un particular José Saramago. No obstante, al dirigir la mirada hacia el asfalto logré divisar la imponente figura de un Subaru Impreza color azul, carrocería baja y llantas amarillas. Al dirigir la vista hacia el pasillo del ómnibus, atisbé una decena de gente, mayoritariamente varones, observando con atención el fenómeno para muchos soñado. El encantado público masculino se resumía en el pasajero del asiento de adelante, el cual acercaba la cara al cristal de la ventana hasta el punto de tocar el vidrio con el vértice de la nariz y observaba al Impreza con tal detenimiento que sólo apartó la mirada cuando el materializado sueño azul se esfumó hacia Paseo Colón con una ligera ventaja, la cual anunciaba un ostentoso respeto de parte del resto de los automovilistas circundantes. Todo aquello ya no importaba, en pocos minutos, cuando el colectivo girase por avenida De la Rábida y Paseo Colón se continúe en Leandro N. Alem comenzará mi rutina laboral hasta, al menos, las 18:00 horas.
18:35
Otro panorama, otro medio de transporte, diferentes estados de ánimo y libre de la sofocante presión del tiempo; así caminé hasta la estación Carlos Pellegrini de subte al emprender mi usual paseo para despejar la mente de la rutinaria vida laboral que elegí para mis vacaciones de verano, mientras el cálido rubor del atardecer se dibujaba sobre los cielos del Microcentro porteño en una ingenua tarde de febrero. Descendí hacia el agobiante calor del subterráneo y me situé en el andén con la inscripción "a Los Incas" mientras admiraba al incansable músico con su guitarra electroacústica, armónica sujetada por el cuello y pandereta ejecutada mediante un pedal con el pie derecho. Subí al vagón, repleto de gente debido al horario, y me acomodé en un hueco libre de gente en medio del mismo. Al detenerse el tren en la estación Pasteur y abrirse las puertas del vagón, ingresó una joven maniobrando un cochecito de bebé antecediendo a su novio o esposo. Cuando por fín se ubicaron en el pasillo, entre medio de ambas puertas del vagón, la joven alza a la criatura en brazos y juguetea con ella hasta que esta última sonríe y balbucea algunas palabras en su inocente y tierno lenguaje. Observe por un momento al bebé y supe admirar la casi tangible ternura que éste desprendía a su alrededor. Asimismo, entorné la vista hacia la periferia y me percaté de las miradas de la embelesada concurrencia clavadas en el cándido producto de la vida, la mayoría de ellas de naturaleza femenina, aunque no en su totalidad. Cuando el hechizo se hubo disipado y las sonrisas de los testigos se desdibujaban anunciando la llegada del habitual ensimismamiento, la joven familia descendió a los andenes de la estación Pueyrredón haciendo que todo lo ocurrido posteriormente me resulte difícil de recordar, ya que aquello, verdaderamente, carece de sentido.
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