miércoles, 11 de febrero de 2009

Preliminar




"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Coperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada."
De esta manera comienza su crónica Holden Caulfield, protagonista de El Guardián entre el Centeno, de J. D. Salinger. Dicho preámbulo anuncia un inminente relato, una historia. Esto es, Holden Caulfield tenía un objetivo al comenzar la crónica. Lo cierto es que al iniciar este blog, no tengo un objetivo concreto, sino el de plasmar ideas y pensamientos, a veces espontáneos, a veces surgidos de reminiscencias que el tiempo no tiene la capacidad de hacerlas desaparecer. "Un filósofo antiguo, decía que al escribir todo lo que nos pasa en la vida nos transformamos en filósofos sin advertirlo" escribió Soren Kierkegaard en su Diario de un Seductor, y son nuestras mismas acciones lo que determina, en cierto grado, quienes somos.

-Digame Walter, ¿quién es usted?
-¿Quién soy? -sonrió-. Soy un inspector de policía que casi se licenció en Derecho y...
-No. -Levantó una mano-. No qué es. Quién es.
A (Walter) Robinson le pareció captar ansiedad en su voz, y de repente se dio cuenta de que le preguntaba más de lo que se había imaginado. Sintió una reticencia momentánea, pero empezó a hablar despacio, en voz baja, casi como si estuviera considerando algo.
-Nado -explicó a la vez que señalaba la bahía con una mano-. Nado solo, cuando nadie me ve, lejos de la costa. En aguas profundas. A kilómetro y medio como mínimo. A veces, incluso a tres.
(de La Sombra, John Katzenbach)



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